LA GUERRA DEL FRANCÉS EN EL VALLÉS OCCIDENTAL: INTRODUCCIÓN


En este período la comarca del Vallés Occidental tenía escasa relevancia dentro del Principado, a nivel demográfico, económico o estratégico. Durante la guerra del Francés no hubo grandes batallas campales ni grandes asedios, y tampoco formaba parte de una ruta estratégica. Pero participó activamente y sufrió muy duramente la guerra, organizando el esfuerzo colectivo para la resistencia, no sólo para defender su comarca, también para asistir en otros escenarios, tanto en hombres de defensa como en víveres y suministros.

No hay datos exactos sobre este período, pero se estima que la población del Vallés occidental en 1808 era de unos 14 - 15 mil habitantes. Actualmente se acerca a los 900 mil. En estos dos siglos se ha multiplicado por más de sesenta. En comparación, toda Catalunya tiene una tasa de crecimiento mucho menor, ( tiene siete veces más población ) y no digamos el resto de España.

Las mayores poblaciones correspondían a Terrassa, con más de 4.000 habitantes, y Sabadell, con unos 2.300. El otro núcleo que superaba, por poco, el millar de pobladores, era Sant Cugat.

También aproximadamente, la población de la comarca pudo menguar en ese período una quinta parte.

Carta militar de Catalunya, 1808.Autor: Camillo Vacani








Institut Cartogràfic de Catalunya


Aunque en toda Catalunya tal vez el 80% de los habitantes era campesino, los dos núcleos principales de Terrassa y Sabadell tenían una industria textil ya notables, pues, por ejemplo en Sabadell, con 2.300 pobladores, el número de trabajadores relacionados con la fabricación textil rondaba el millar, a los que habría que añadir los de la industria papelera y otras manufacturas, lo que supone algo más de la mitad de la población.

No obstante, el trabajo del campo era muy importante para la villa. Se cultivaba sobre todo cereales, vid y olivo. Se cultivaban 2094 cuarteras y se dejaban 906 sin cultivar. Las tierras mejores se dedicaban al trigo; las de segunda calidad, a la cebada, la avena y el centeno. Cada año se dejaba en barbecho en torno a 702 cuarteras.

La viña ocupaba 505 cuarteras; el olivo, 124; las hortalizas y los árboles frutales, 12; las legumbres, 33; las patatas y los nabos, 11; y el cáñamo, 8.

El clero regular disponía de 71 cuarteras, y el secular, de 40. Eso es para la Iglesia alrededor del 5% de todas las tierras cultivadas, sensiblemente menor al 25% en toda Catalunya.

En Catalunya, la sociedad era mayoritariamente agraria. Desde mediados del siglo XVIII en algunas zonas favorables como las llanuras del interior y prelitoral, y sobre todo cercanas a las puertos principales, como Barcelona, comenzó a orientarse hacia una agricultura comercial. Vinos, aguardientes, textiles y frutos secos eran los productos comerciales más importantes, lo que estimuló la desforestación y la desecación de humedales a fin de poner en cultivo nuevas tierras.

Hacia 1770-1775 se produjo una crisis agraria provocada por la disminución de mano de obra, el incremento de los salarios y el descenso de la renta agraria. Esta situación llevó a una nueva estrategia del burgués catalán, que se orientó a otra actividad relacionada con el mercado americano, recientemente abierto a los catalanes: la fabricación de tejidos de algodón de manera industrial, un sector nuevo en el que no había ningún control gremial. Así el beneficio industrial sustituía a la renta señorial como medio de acumulación de capital.

Según J. Vicens Vives, la invasión francesa, la guerra, la destrucción de las cosechas y el acaparamiento de los bienes de primera necesidad provocaron un ciclo alcista de carácter inflacionario. Un golpe muy duro para la economía catalana, y más todavía para el campesino, que se veía sometido a una tributación directa creciente y a la disminución de las cosechas y del ganado.

La situación durante estos años fue dramática y a las pobres cosechas de 1809 y 1811, hay que añadir la pobreza, la miseria, el hambre, las epidemias y la desesperación de 1812. Como ha demostrado J. Nadal, esta crisis de subsistencia desencadenó una vez más la crisis demográfica. Más que a las campañas militares, las muertes fueron debidas a las calamidades sufridas y al hambre.

Durante el siglo XVIII el pensamiento ilustrado había cuestionado los privilegios de la nobleza y el clero. A finales de siglo se pueden observar actitudes de insumisión del campesinado, que se resistía a pagar las rentas señoriales y os diezmos. Esta actitud se amplió y profundizó a raíz de la guerra, produciéndose reclamaciones y alborotos antiseñoriales al constituirse juntas, ante el sorteo de quintos, o ante la carestía y el alza de precios. En 1810 y 1811 hubo malas cosechas, y los precios por cuartera de trigo, que en 1808 estaba en 16-18 pesetas, en 1811-12 alcanzaban las 40-47 pesetas.

Catalunya sólo producía en tiempos normales las dos terceras partes de sus alimentos; el resto era importado de Aragón, Italia y el norte de África. Pero en tiempos de guerra esas importaciones resultan casi imposibles. Así, en 1809, por los episodios de la guerra y la epidemia de tifus, las muertes se multiplicaron por tres o por cuatro en toda Catalunya, y en 1812, por el hambre y la carestía, más del doble.

En el Vallés occidental, los industriales textiles supieron ascender entre la élite social, y ocupar los primeros cargos en el gobierno municipal, junto con unos propietarios de fincas que cada vez más poseían también fábricas. El estamento nobiliario, tal vez el

0'5% de la población en toda Catalunya., tenía escasa influencia en estas villas, que eran de realengo, libres del dominio señorial. El clero, sin embargo, aunque débil numéricamente (tal vez un 3-3'5 % en toda Catalunya), poseía una influencia mucho mayor entre la población. la sociedad civil estaba muy penetrada de la Iglesia, y en torno a ella se consagraban el nacimiento, el matrimonio y la muerte.

Text en el que es proclama la unificació de la Junta del Vallès (1809)


La Iglesia tenía representantes en todos los niveles de la administración, además de una considerable influencia cerca de la familia real. Hubo de compartir la competencia educativa con los ayuntamientos y otras corporaciones tras la expulsión de los jesuitas aunque la educación distaba mucho de ser universal. Una gran parte de la población era analfabeta, sobre todo en las zonas más agrestes o aisladas de las montañas.
La misa dominical y las ceremonias principales de la vida cristiana eran ocasiones de encuentro en comunidades, muchas de las cuales se componían de masías dispersas por una considerable extensión, lo que facilitaba el aislamiento. Se convenían matrimonios, se hacían tratos o se acordaban pleitos.

Durante la guerra, aunque la mayoría de altos cargos eclesiásticos o se ausentaron o acordaron con los franceses, el clero bajo se alió mayoritariamente con los patriotas y su relevancia en los órganos de poder y representación durante este período no sufrió menoscabo. No obstante fue este período el que trajo alguna mudanza en las prerrogativas de la Iglesia. La Inquisición fue abolida en 1812 por las Cortes de Cádiz, y ahí se continuó el proceso de desamortización de bienes eclesiásticos que había comenzado durante el reinado de Carlos IV y que, como ahora, habría de sufrir frecuentes interrupciones. Además se suprimieron los derechos señoriales y jurisdiccionales de la nobleza o el clero, y también una mayor carga impositiva para ambos estamentos.

La Iglesia consagraba y daba legitimidad a los actos públicos y privados. Se hacían rogativas, romerías, procesiones, bendiciones solemnes para subrayar la importancia del acto. Los mismos gremios participaban activamente en las celebraciones litúrgicas o de previsión y asistencia a los necesitados, a través de las numerosas cofradías.

En la resistencia al invasor, el grito "Dios, Patria y Rey" era la inspiración para la mayoría de acciones, muchas veces con clérigos a la cabeza.

Las fuerzas armadas que se movilizaron en la comarca durante toda la guerra fueron los somatenes, como cuerpo propio de ella, milicia civil para la defensa del territorio cercano; los migueletes, voluntarios que ejercían normalmente de auxiliares de las tropas regulares, que servían a menudo junto con éstas y los somatenes en sitios o en acciones de asedio o emboscada. Todos ellos formaban un ejército fragmentado, con falta de unidad en el mando, la mayor parte carente de instrucción y de experiencia, con poca disciplina y frecuentes y amplias deserciones, incluso en plena acción. Pero fueron una fuerte constante de hostigamiento y sabotaje a los franceses durante toda

la guerra. El coll de Montcada, y los vados del Llobregat y del Besós, y, en el norte las estribaciones de Sant Llorenç con el coll Daví y el mas de la Barata fueron las zonas más peleadas.

Finalmente la guerra dejó devastada la comarca, fruto del daño en las personas y los bienes que produjeron tantas calamidades. Pero esta crisis obligó a la comarca a renovarse y, liderada por Sabadell y Terrassa, comenzó a buscar nuevos mercados para sustituir los anulados por la situación de guerra, y esta fue una dinámica que provocó la expansión extraordinaria que transformó la comarca en pocas décadas.
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