EL EJERCITO EN CATALUNYA DURANTE LA GUERRA DEL FRANCÉS


ORGANIZACIÓN Y ESTRATEGIA MILITAR

El ejército español de la guerra de la Independencia está poco preparado, tiene unos oficiales en general poco instruídos y profesionales y una tropa con bajo nivel de adiestramiento y disciplina; un ejército mal provisto, motivos por los cuales practica requisiciones y atropellos contra la población que le ha de acoger.

Tiene grandes dificultades de reclutamiento: los voluntarios escasean, la quinta recibe un rechazo universal, la deserción y las exenciones son altas; la dureza y las privaciones de la vida militar, la larga duración del servicio y la negativa de la población de dejar el propio terruño y las faenas del campo, son algunas razones.

Cabe decir que los problemas de reclutamiento son generales, y el mismo Napoleón los padece. Pero también es cierto que el ejército español se halla entonces en un nivel de organización y de eficacia muy inferior al de los Estados europeos más avanzados.

Hay otros factores que inciden negativamente. Un exceso de oficiales y unas unidades incompletas que a veces permanecen sólo en esqueleto. Una falta de unidad de mando: no hay un general en jefe supremo, y sus necesarias funciones son asumidas por órganos colegiados ineficaces; en consecuencia, cada general va a la suya. El poder político -Junta Central, Regencias - es débil, no existe un plan militar coordinado, y las disputas entre los comandantes son frecuentes.

Hay una considerable heterogeneidad de cuerpos armados. Más nocivas aún son las tensiones entre los dirigentes políticos y y los jefes militares, que en Catalunya tienen un ejemplo paradigmático. Las Juntas intervienen en el aprovisionamiento, la organización y la estrategia del ejército, no siempre acertadamente. La desorganización, la tirantez y los malos resultados militares provocan un fuerte desgaste de los capitanes generales, que son relevados con frecuencia. La discontinuidad en la dirección y el cambio continuado de las unidades corporativas tampoco ayuda. La desconfianza se extiende entre las élites y el pueblo, especialmente en Catalunya, donde ya hay una tradición de recelo hacia las tropas "castellanas".

Fragment d'una escena de la masia Ferreres de Rellinars que ens mostra una columna de sometents transportant armes.


EL EJERCITO ESPAÑOL EN 1808

Al principio de la guerra de la Independencia, el ejército regular se compone de unos 100.000 hombres entre soldados y oficiales, a los que hay que sumar unos 30.000 efectivos de la milicia provincial castellana formada por voluntarios, que constituyen la primera reserva. Las fuerzas de la Guardia Real, integradas por elementos de la nobleza, representan la élite de las fuerzas armadas. Vienen después la Infantería - integrada por 35 regimientos de línea y 10 cuerpos de mercenarios extranjeros -, una Caballería débil por falta de presupuesto, la Artillería con excelente material e instrucción, y un pequeño cuerpo de Ingenieros. Las fortificaciones de las plazas y ciudades se encuentran muy descuidadas. Para dirigir este ejército hay unos 7.000 oficiales, de procedencia en general nobiliaria. Toca a un oficial por cada veinte soldados. En la cúpula hay entre 388 y 400 generales de diferentes graduaciones. En la periferia del sistema existe una segunda reserva formada por las milicias urbanas y algunas compañías de fusileros y escopeteros, encargadas de custodiar la frontera con Portugal, y los fuertes y torres de la costa. Además, existen minúsculas unidades complementarias: cuerpo jurídico, cuerpo sanitario, cuerpo de veterinaria, clero castrense y administración militar.

Los oficiales de academia provenían de la nobleza y padecían, en general, un excesivo orgullo de clase que a veces les lleva a la insubordinación, la cual deja estupefactos a los británicos. En 1805, de las tres academias militares existentes sólo queda la de Zamora. Los cursos duran sólo 18 meses. Los cuerpos de Artillería e Ingenieros tenían centros propios de instrucción. La proximidad de Francia y los éxitos de esta nación desde finales del siglo XVIII cambiaron la antigua instrucción táctica al estilo prusiano por una enseñanza inspirada en los procedimientos de maniobra franceses. El estado de la disciplina y el adiestramiento militar es desigual , bueno para los cuerpos de la guardia real, artillería e ingenieros, pero malo en la mayor parte del ejército. Falta unidad de normas tácticas, y se hacen pocas maniobras por falta de dinero. Los pocos caudales de que se disponen se desvían a la partida de salarios y gratificaciones. A pesar de la escasez de la época de la guerra, los generales y altos oficiales cobran sumas muy considerables en Catalunya, de 25.000 a 60.000 reales anuales.

Las tres cuartas partes del ejército español sobreviven intactas a la invasión francesa y a la defección del ejército borbónico en mayo de 1808, pese a que quedan privadas de mando superior. La razón es la disposición de las unidades militares por el noroeste y a lo largo de las costas - contra los británicos - hacia el sur del país, y la evacuación de la capital ordenada por Godoy. En cambio, los bonapartistas se situan hacia el centro y en la mitad nororiental. Así la mayor parte de los efectivos terrestres quedan a disposición de las Juntas, una vez los generales y oficiales se han sumado a la revuelta después de algunos titubeos. Las pocas tropas existentes en Catalunya y Aragón se dispersan o bien adoptan una postura defensiva; las primeras fustigan a Duhesme y cubren Girona, las segundas se encierran en Zaragoza.

Pero los primeros tiempos de la guerra son caóticos. La revolución popular patriótica se apodera de los depósitos de armas y las reparte indiscriminadamente, se relaja la disciplina y se desorganizan los dispositivos militares existentes. Se forman unidades improvisadas sin preparación ni instrucción, y se completan las existentes con voluntarios inexpertos. La Junta Central crea una Junta Militar colegiada que no puede evitar la dispersión de la autoridad y la descoordinación. El ejército de operaciones se divide en cuatro cuerpos: el de la Izquierda, el del Centro, el de la Derecha (Catalunya) y la Reserva. Aún no hay una estrategia clara. Pero el problema principal es que no hay tiempo de ejercitar a los soldados y sobre todo, de instruir a los oficiales. Unos y otros son lanzados contra los franceses sin preparación, y estos los destrozan. Por suerte, queda la guerrilla.

Pronto se acabaron los voluntarios y los recursos económicos. Sañudo piensa que, con diez millones de habitantes, España tiene entonces una capacidad de movilización sobrada para formar un ejército respetable, pero las prevenciones de la población contra el reclutamiento y la incapacidad del gobierno político y militar lo hacen inviable.

Tampoco se consigue encontrar suficientes recursos para las tropas, que viven en la miseria desde que se han dilapidado los medios iniciales. La Junta Central crea en 1808 el Real Colegio de Preferentes de Granada para formar oficiales, y los alumnos de la Universidad de Toledo constituyen el núcleo de la Escuela Militar de San Fernando; la Junta de Sevilla también funda una escuela militar, y más adelante se organizan seis reales colegios en toda España. De esta manera se consigue cierto incremento de efectivos, hasta llegar en 1811 a los ciento cincuenta o ciento sesenta mil hombres, aunque sólo la cuarta parte van bien equipados. Al principio, la Junta Suprema había pretendido constituir un ejército de cuatrocientos mil efectivos de infantería y cuarenta mil de caballería.

Con unas tropas regulares escasas y dispersas, en Catalunya la Junta Superior decreta una movilización general de los hombres útiles entre los 16 y los 40 años. El objetivo es la organización de cuarenta tercios de migueletes de mil hombres cada uno, para formar una respetable tropa de cuarenta mil soldados encuadrados al estilo catalán. Como en el caso del Gobierno central, la Junta del Principado se queda muy lejos del propósito inicial. Sólo se registran once tercios con unos efectivos de siete mil hombres. La disciplina y eficacia militar de los migueletes son bajas, a pesar de los sueldos dignos que perciben. Por eso la misma Junta catalana solicita en febrero de 1809 al Gobierno central la conversión de los tercios en batallones de línea regulares, las futuras Legiones catalanas, que nunca llegan a existir. En realidad, los tercios van desapareciendo y su lugar es ocupado por el ejército regular, compuesto de unidades venidas de otras provincias - batallones baleares, andaluces, castellanos, aragoneses, valencianos -, de los regimientos suizos de Wimpffen y de Bertschard, y de los jóvenes que la quinta arranca penosamente del mismo Principado.

Cabanes afirma que la pérdida de Barcelona condiciona mucho la actuación patriótica, "pues esta capital puede ser, política, comercial y militarmente considerada, como equivalente a la mitad de Catalunya".

Cabanes repasa los errores de los dirigentes militares napoleónicos - precipitación, menosprecio hacia los somatenes, envío de columnas volantes demasiado lejos, no ocupación de Girona desde el principio -, y aboga por una táctica defensiva teniendo en cuenta la inexperiencia de la tropa y de los oficiales del ejército español, que en general no han participado en campañas reales ni en maniobras complejas de más de seis batallones. Los soldados interpretan las evoluciones en el campo de batalla como una derrota y se desordenan. Enfrente tienen a los franceses, que hace veinte años que llevan armas en la mano y han sabido aprender de cada operación. En Catalunya habría que haber fortificado cada ciudad y cada paso de montaña, en lugar de lanzarse a campo abierto.

El reclutamiento de 40.000 migueletes por la Junta del Principado ha sido una actuación bienintencionada pero inadecuada. Los migueletes eran valiosos un siglo atrás, cuando la ciencia militar estaba en pañales, pero en en 1808, según Cabanes, prevalece el talento sobre el valor. Ha avanzado mucho la topografía militar y, en general, el arte de la guerra. Además, los migueletes enrolados no son los jóvenes más honrados y vigorosos de cada pueblo, son "indisciplinados y bisoños" y su paga provoca la envidia del soldado de línea. Pero a causa de las circunstancias políticas, hubiera sido difícil hacer otra cosa: la juventud catalana está "embebida" por los migueletes, aunque puede verse claramente que estos cuerpos no han hecho lo que se esperaba de ellos. Cabanes cree que las tropas ligeras de los países montañosos - Catalunya, Tirol, Piamonte, Calabria - suelen ser indisciplinadas, pero las mejores, siempre que luchen fuera de casa.

Durante los primeros siglos de la guerra actúan, pues, los migueletes, flanqueados por tropas del ejército regular provenientes de otras provincias que fueron afluyendo de manera considerable hacia Catalunya. Los migueletes suelen ser dirigidos por militares profesionales como Francesc Milans del Bosch y Joan Clarós, se acumulan en torno a las plazas ocupadas por los franceses, Figueres y Barcelona, y en algunas fortificaciones como el castillo de Hostalric. Los somatenes cubren los huecos y realizan acciones puntuales.

Los testimonios de escaso valor militar de los migueletes son innumerables. Milans comunica a la junta de Vic en septiembre de 1808: "Advierto a V.S.S. para su inteligencia que sus tropas son las más insubordinadas y cobardes, las que mucho antes de ver los enemigos huyen precipitadamente y con su exemplo siguen las demás y según dicen es porque V.S.S. se lo aplauden y los dexan sin castigo". Pero poco a poco una parte de estas tropas se va fogueando, y aparecen en los momentos oportunos y los lugares adecuados para hostilizar al francés y cansarlo denodadamente.

La táctica prudente y defensiva que siguieron las tropas españolas durante el principio de la guerra, se acaba con la llegada a la Capitanía General de Catalunya de Juan Miguel de Vives i Feliu desde Mallorca. Decide tomar Barcelona, poniéndole sitio desde noviembre de 1808, fomentando un complot interno y negociando secretamente la rendición con los generales napoleónicos de la plaza. Estos no la aceptan y a partir del día 8 la lucha se generaliza por el llano barcelonés; las tropas de Vives, más numerosas, ocupan diversos pueblos y reductos de los alrededores de la capital, pero a partir del 15 de septiembre abandonan las posiciones para ir al encuentro de Sain-Cyr, que les derrota completamente en las batallas campales de Cardedeu y de Molins de Rei.

El ejército español de Catalunya huyó en desbandada hacia Tarragona, sin ninguna fe en su capitán general, que es destituido por la Junta Superior del Principado. Pero ésta no corregirá el error táctico de lanzar tropas a campo abierto ante la manifiesta superioridad del ejército francés, mejor organizado, más experto y mejor abastecido.

A mediados de febrero de 1809, un intento de recuperar Barcelona por parte de las tropas españolas acaba con una derrota en Valls a manos de los franceses de Saint-Cyr, a resultas de la cual murió el capitán general Reding.

Queda claro que el ejército español de Catalunya, demasiado débil y dividido, poco adiestrado, con jefes poco competentes y recibiendo escasa ayuda de otras regiones, es incapaz de impedir el éxito de los sitios napoleónicos, al igual que enfrentarlo en batalla campal. Sólo la táctica guerrillera aporta esporádicos triunfos militares, corta las comunicaciones y los suministros de los franceses, y mantiene viva la insurrección en las zonas rurales y montañosas. Eso no es suficiente para detener el empuje francés, y menos para acabar con la ocupación, pero agobia considerablemente al enemigo, que sólo son amos del suelo que pisan. Quedaba claro que no había otra táctica mejor, dado el altísimo grado de deserción entre las filas del ejército regular y la ineficacia de este.

El ejército regular prácticamente desapareció del Pincipado en el verano de 1811, a raíz de la retirada de Catalunya de las unidades de otras regiones y de la oleada de desánimo causada por la pérdida de Tarragona. El empuje de Suchet y MacDonald parece imparable. La resistencia antifrancesa se recluye a las llanuras y montañas del interior, en torno a las ciudades de Vic y Olot, y de las fortalezas de Cardona y Urgell. Los efectivos quedan reducidos a unos escasos 4.000 hombres. Pero un grupo de militares, la mayoría catalanes, decide resistir. Encabezados por Lacy, el nuevo capitán general, logran reorganizar y fortalecer el ejército, e incorpora a éste a las fuerzas guerrilleras, hasta llegar a los 18.000 efectivos nominales en agosto de 1812, que evitando las batallas campales, logró realizar múltiples operaciones contra el enemigo, lo que mantuvo la lucha enconada e incierta hasta el final, a pesar de que se mantuvo la desorganización y la indisciplina entre las fuerzas patriotas.
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